Los grandes sabios, así como la ciencia más avanzada, reconocen el poder de nuestros pensamientos. Éstos van siendo los creadores de nuestra propia vida. Esto no implica que los pensamientos ajenos no influyan sobre ésta, simplemente es reconocer nuestro propio poder. Pero el reconocer eso nos obliga a cuidar lo que pensamos. Los sentimientos nos pueden ayudar guiándonos, las enfermedades son advertencias importantes que nos mostrarán algo nuestro que convendría modificar (recordemos que cuando nos sentimos mal una de las cosas que más valoramos es nuestra salud, lo mismo si la persona que atraviesa la dolencia es alguien que amamos). Una persona sabia controla sus pensamientos y arma una vida acorde.
El ser humano promedio en cambio prefiere creer que las enfermedades son una maldición y la culpa siempre es del otro. Es sencillo ese pensamiento y si la persona argumenta bien podrá sostenerse bastante bien en esa tesitura. Y tal vez tenga razón. Transitará la vida como en estado vegetativo, sin llegar a rozar una dimensión mayor. Una persona así seguirá la corriente y lo más probable es que será como un títere en las mareas sociales. Y es el ciudadano ideal en un mundo de consumismo desenfrenado, donde los impulsos superan los pensamientos, donde la pinta es el valor más elevado incluso que los principios o la inteligencia; donde la cultura y el arte muchas veces serán vistan como superfluas, salvo que sea masiva por redituarle a alguno como buen negocio.
Puede ser que ambas posturas sean correctas, como el fenómeno cuántico de la dualidad onda-partícula, cuyo característica radica en que cambia el patrón con el modo de evaluación… Se trata de elegir los lentes con los que miramos la vida. Más o menos, como decía aquel cacique a su nieto, elegir el lobo que alimentamos: el bueno o el malo, porque ambos habitan dentro nuestro.
La elección será asumir la responsabilidad de la libertad, sabiéndose por momentos limitado; ante la comodidad de vivir sometido, creyendo ser libre. El tema es que el costo de la libertad es grande, uno debe hacerse responsable por sus actos, sus palabras, sus deseos, sus sentimientos y sus pensamientos. No es un camino fácil, alinearse a la energía divina no es someterse a otros seres, sino aceptar que hay fuerzas superiores pero que, sin embargo, uno mismo es quien en definitiva se domina a sí mismo. No es sencillo, tenemos patrones de nuestras vidas que nos confunden, tentaciones del afuera que nos marean y la velocidad con la que venimos transitando este camino no juega a favor de ir asimilando y viviendo una vida de sabios.
Sin embargo, en el intento está el desafío, y ahí entran en juego una serie de actividades que nos pueden ayudar: visitar regularmente una iglesia o un templo, meditar, leer, practicar yoga u otras disciplinas que exijan nuestra plena concentración aquí y ahora. Y buscar ámbitos donde compartir esa búsqueda de crecimiento espiritual. Les garantizo que nuestro barrio está cargadísimo de opciones interesantes, más de una hecha a su medida. Los invito a buscar enriquecer sus vidas desde dentro hacia fuera.

Rafael Sabini
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