Hay veces que mostrar conciencia de algo puede resultar más bochornoso que ignorarlo, con todo lo vergon-zante e impúdico que pueda resultar ignorar algo que afecta la salud pública, ambiental, por ejemplo.
En Benito Juárez, una ciudad pequeña a la latitud de Mar del Plata, pero tierra adentro, acaban de aprobar una ordenanza municipal para “regular”, limitar, el uso de agrotóxicos.
La ordenanza parece ser el resultado de una conciencia creciente acerca del carácter tóxico de tantos “fitosanitarios”.
“Chocolate por la noticia”, podrá decir nuestro lector. Sin embargo, aunque cueste creerlo en pura lógica, durante décadas los venenos en el campo han sido arrojados alegremente a los cultivos porque los laboratorios se encargaron de tranquilizar a la población con una sarta de mentiras. Como que si no te mata en el acto, no te hace nada. Por eso se desarrolló toda una medicina de emergencia ante envenenamientos agudos y una ciencia médica vinculada a la intoxicación crónica tardó mucho más en desarrollarse.
Dijimos en el campo, pero estos “desarrollos” han sido en nuestras sociedades, en las ciudades también.
Ha habido una permanente resistencia para evitar que las plazas de Buenos Aires sean regadas con glifosato, que es un método cómodo para desmalezar (no hay que agacharse ni carpir), pero tiene el inconveniente que va dejando despositado en suelos y superficies el veneno utilizado, que va a ser probablemente recogido sin saber por niños, perros y en general, todo el mundo.
Pero no solo se trata de esta historia de las placitas fumigadas en la ciudad. Nuestro inolvidable camarada de luchas ambientales, Norberto Besaccia, siempre aclaraba que cada hogar ciudadano, con un mínimo jardín, en “remedio para las hormigas”, aracnicidas, mataorugas, gotas para combatir pulgas, ciempiés, disponía de veneno suficiente para dañar a todo el barrio. En cada fondito, como para aniquilar a todo un barrio… una casa, tras otra.
Un verdadero arsenal. Con esas etiquetas que aclaran que dichas sustancias no puede estar en contacto con niños, con perros, con gatos…

Pero el tiempo pasa. Y alguna experiencia recogemos. Las pruebas del carácter obviamente venenoso de los venenos se acumulan; remitimos al lector a nuestra nota del mes anterior (El Abasto no 218).
Podríamos decir que si avanzan los estudios sobre los daños con envenenamientos crónicos, y las instancias reguladoras y políticas empiezan a tomarlo en cuenta, no hay sino que alegrarse.
Pero el negocio es más fuerte. Veamos lo que acaba de suceder en Benito Juárez. La ordenanza da por sentado el carácter tóxico de las fumigaciones. Y se establecen límites. A 30 metros de las viviendas.
Esparcir la sustancia, por vía aérea, a 30 metros de “la gente”.
Hay un detalle: los concejales que “aprobaron” esa limitación son agroindustriales, incluso uno se dedica precisamente a esparcir agrotóxicos.
Aun sin viento, la ridícula de distancia de 30 metros no protege a nadie. El aire es lo más libre que existe en la naturaleza. Y ni hablemos del viento.
La moraleja de esta reglamentación que no restringe el uso de veneno sino que lo administra para poder esparcirlo por todas partes, nos muestra que el cuidado es algo que se invoca pero que el bolsillo rige el comportamiernto. Un bolsillo miope, porque el envenenamiento no discrimina, aunque haya comportamientos que lo facilitan más que otros.
Una interesante conclusión de esta trapisonda es que no se puede ser juez y parte, no se puede repicar en la plaza y estar en la procesión.
Estos señores “vecinos” han legislado para sí mismos. Pero influyendo, en este caso en la vida de los demás.
Surge claramente la importancia de la división de funciones, de la separación de poderes. Algo que en poblaciones pequeñas resulte tal vez más difícil de ver, porque todo el mundo “se conoce”.
Pero que los venenos “queden en familia” no quiere decir que no envenenen.
(El escándalo ha sido tal, que el intendente ha prometido cambiar la ordenanza.)

Luis E. Sabini Fernández
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