Ecología Revista El Abasto 218, agosto 2018

Bayer-Monsanto ya no en el banquillo de los acusados: ¡son todo lo que se les acusa!

Podríamos decir que Bayer ha tenido mala suerte. Algo que es difícil aceptar pensando en el rubro de laboratorios transnacionales que es una de las ramas de actividad económica con mayores beneficios en el planeta.
Pero Bayer adquiere o fagocita a Monsanto en el último año y ya durante las tratativas de fusión un tribunal internacional en La Haya lo condena con cargos gravísimos, como ecocidio, violaciones a los derechos ambientales, atentados a la salud y falsificación de investigaciones científicas.
Este tribunal internacional es el fundado por Bertrand Russell hace décadas y su primera “acción” fue denunciar la presencia, la invasión de EE.UU. a Vietnam. A lo largo de los años ha ido tomando cuestiones que ha considerado claves, y que en general lo son.
Pero el “Tribunal Russell”, como ha dado en llamarse, carece de toda fuerza legal. No produce condenas con valor jurídico. Pero sí puede producir efectos culturales e informativos: conociendo la solvencia de los allí reunidos sus conclusiones son dignas de tener en cuenta y por ese lado, ha tenido efectos políticos.
Pero la condena del Tribunal Russell, que probablemente no ha sacudido la confianza de la empresa en sus influencias planetarias ha tenido un “segundo tiempo”. Hace pocas semanas, la empresa Monsanto ha sido multada en EE.UU. con 289 millones de dólares. ¿El cargo? Haber sido causante de un cáncer que ahora es terminal en un jardinero que empleara en su trabajo… glifosato.
El glifosato, el herbicida más usado en el mundo actual, el gran “gol” de Monsanto en el mundo de los agrotóxicos, consiguió fama de benigno o relativamente poco tóxico, sobre todo en comparación con las baterías tradicionales de biocidas, de los cuales se sabe que, por ejemplo, con unos miligramos de parathion se puede matar a un humano. El glifosato adquirió fama de benigno porque para morir envenenado con él, se necesita de medio vaso a un vaso, digamos 100 o 200 gr., es decir, 100 000 o 200 000 mg…
Esto se sabe fehacientemente porque cuando se implanta la agricultura moderna en la India, la agroindustria, la que los laboratorios llaman “agricultura inteligente”, las transformaciones de la ruralidad le hacen perder pie a muchos campesinos que se endeudan de manera escandalosa. Sobrepasados por el alud de nuevas tecnologías, se produjo una oleada de suicidios entre campesinos que dejaron así todavía más desamaprados a sus respectivas esposas e hijos.
Y lo que se verificó entonces es que la inmensa mayoría de tales suicidios (que se contaron por centenares”* fueron llevados a cabo con el veneno que les prometía tanto éxito en sus cosechas; glifosato.
Bien: el juicio que llevara adelante el jardinero Dewayne Johnson, acaba de finalizar con graves cargos contra Monsanto, ahora Bayer-Monsanto. Johnson sufre un linfoma no Hodgkin (que afecta su sistema linfático) y el diagnóstico es que está en una etapa muy avanzada, lo que hace temer que el propio trabajador demandante no podrá gozar del “triunfo”, pero el veredicto de este juicio se suma formidablemente al precedente que recordamos al comienzo y parece ser que la socialización de estas noticias podría empezar a afectar seriamente el monstruoso proyecto de dominación de la naturaleza y las sociedades mediante contaminación que ha constituido el eje de la acción de la agroindustria y de las últimas revoluciones agrarias.
Como las ovejas y muchos otros cuadrúpedos, la humanidad tampoco ha aprendido a retroceder, a dar marcha atrás ante algunos de los inventos que han deslumbrado a las elites. Tal ha sido el caso con el manejo químico de las plagas, por ejemplo. Tal fue también el caso con los plásticos flexibles o termoplásticos.
Pero la humanidad empieza a sacar conclusiones sobre los aspectos negativos de estos hallazgos. Y se empiezan a hacer los cálculos, la suma algebraica de ventajas e inconvenientes, de facilidades y contaminaciones y hay muchos que empezamos a sentir que lo que nos han presentado como panacea dista mucho de ser tal.
Uno de los aspectos más sombríos que ha salido a la luz con los dos juicios que en el último año han castigado a Bayer-Monsanto es la mala fe, la mala conciencia, el escamoteo de datos, con que han presentado este producto (y muchos otros). Que da la razón a la bioquímica Mae-Wan Ho con su libro titulado “El mundo feliz de mala ciencia y grandes negocios”.**
Damos un único ejemplo: un biólogo francés, Gilles-Eric Séralini decide repetir un experimento de laboratorio llevado a cabo por investigadores empleados de Monsanto que acababan de “demostrar” la benignidad del glifosato.

Los técnicos monsantianos habían estado compulsando los resultados del suministro de glifosato a conejillos de Indias una, dos, tres veces, y habían comprobado la carencia total de anormalidades en los cobayos.
Séralini toma el instructivo seguido por los empleados de Monsanto y verifica mes a mes los resultados encontrados por los primeros investigadores.
Pero Séralini sigue un poco más el experimento. Y apenas en el cuarto mes, se hacen clínicamente observables malformaciones en los cobayos. Séralini sigue adelante y explica en su propia memoria sobre el experimento que al quinto mes las alteraciones sufridas por los cobayos son monstruosas.
Es decir que Monsanto había escamoteado la verdad mediante el artero recurso de decir solo la mitad de un proceso; la primerísima mitad.
Porque el glifosato no es como el parathion que mencionamos al principio. No es un veneno agudo, mortalmente agudo. Es veneno, es mortal, pero no tan agudo.
Y mediante al ardid de comprobar que no era un veneno instantáneo nos han querido hacer creer que NO era veneno.
Da casi vergüenza mencionarlo.
¡En qué poca cosa nos tienen!

Luis E. Sabini Fernández
[email protected]

 

 

* Algo similar pasó en Francia y se estima que al menos una cincuentena de campesinos también se quitaron la vida en el ventarrón de la modernización agrícola, más bien agroindustrial.

** The Brave New World of Bad Science and Big Business, Third World Network, Londres, 1999.

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