Cuando se nos va un ser querido inevitablemente resurgen preguntas metafísicas sobre nuestra existencia, la vida y la muerte, o incluso la vida después de la muerte, y nuestra realidad deja de ser tan importante dándole dimensión a un proceso más largo, entendiendo por un lapso nuevamente que nuestras vidas son apenas un instante. Pero ese instante es hoy y aquí, ese instante es en realidad lo único real, porque el pasado ya pasó, quedan apenas recuerdos, queda la idea del pasado; y lo futuro aún no asoma, por lo que no es más que otro tipo de idea. En el ínterin estamos nosotros, aquí y ahora, buscando hacer de lo que nos tocó la mejor realidad posible. En momentos así uno puede entender que las diferencias pueden ser otros modos de ver las cosas, que no es necesario hacer del que piensa diferente un enemigo. Uno está, en esos momentos, posibilitado a ver como desde otra distancia, pensando en objetivos más a largo plazo. Y a su vez comprendiendo cabalmente lo efímero de nuestra existencia humana. Sin la muerte seríamos mucho peores como seres humanos, pues nos permite reconectarnos con la fuente aunque de modo doloroso, conectarnos en fin.
¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Existe la vida después de la muerte? ¿Existe Dios? ¿Vale la pena hacer el bien y buscar mejorar? ¿O acaso es indistinto elegir el camino de felicidad fugaz al ego en este plano? O mejor dicho: ¿es eso realmente posible o una mera ilusión? Si pensamos en un ser capaz de todo por sus metas terrenales… ¿Acaso su vida tendrá mucho menos dolor que la tuya que te esforzás por ser buena gente? ¿Acaso ése no sufre? Todos vamos a sufrir, todos vamos a sentir alegría. La diferencia es cómo llevamos nuestras vidas, cómo pensamos y actuamos en consecuencia… ¿Lo hacemos rectamente, buscando erradicar lo dañino y pecaminoso que pueda atraernos mientras desarrollamos nuestros saberes, expandimos nuestra luz y buscamos estrecharnos en lazos humanos de profunda honestidad? ¿O somos egos andantes que solo buscamos satisfacer un capricho momentáneo y material?
Cuando estamos ante ese límite que es la muerte volvemos a entender que en el compartir hay alegría. Que en el dar está el amor. No podemos seguir siendo tentados por la oscuridad reinante que pretende dominarnos mediante sus siete pecados capitales, en momentos de oscuridad tenemos la posibilidad de comprender que es hora de que nuestra humanidad salga a abrazarse en las calles y las plazas siendo conscientes de que solo el amor, con solidaridad y compartiendo, nos puede salvar. Porque ante La Parca podemos percibir el espíritu que nos une a todos. Que en algún punto todos somos hermanos… Que somos uno.

Rafael Sabini
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