Continuamente estamos criticando a los funcionarios políticos por sus diferentes actitudes. Y reconozco que soy de los primeros en tomar partido. No me gustan las injusticias y querría un mundo solidario, donde todos quepamos. Notamos que los políticos miran para otro lado, tal vez, porque su realidad difiere mucho de la nuestra. Y en el peor de los casos notamos hasta la codicia que los lleva a casos de corrupción. O al saqueo, quema de evidencias y otros métodos mafiosos para salvar su pellejo. Ahora, me pregunto, ¿cuántos de nosotros estamos realmente exentos de esas actitudes? ¿Acaso nunca miramos para otro lado? De ser tentados, con una mano el en corazón, ¿cuántos no cometerían algún ilícito si lo consideran seguro y lucrativo? O por poner un ejemplo muy actual de un país vecino: ¿Cuántos seres son racistas como para que se genere un régimen así? Expresiones como “negros cabeza”, “judío de mierda”, “bolita”, “peruca”, etcétera, ¿no estimulan acaso el racismo? Lo mismo con la violencia, algunos de ellos ordenan violencia. Y nosotros, ¿alguna vez tenemos arrebatos de violencia?
Considero que deberíamos ir observando cómo actuamos y cómo nos expresamos. Porque la verdad es que en la vida estamos sometidos a constantes pruebas y no siempre uno actúa de acuerdo con un código ético que sí pretende que se cumpla. La realidad es que el otro nos refleja, nos representa y es parte de nosotros. Cuando nuestra sociedad deje de ser sucia nuestras calles estarán limpias, cuando dejemos de ser “avivados” nuestros políticos tampoco lo serán, cuando dejemos de ser prepotentes tampoco nos representarán seres prepotentes, cuando seamos realmente fieles y compasivos, posiblemente ahí, recién ahí, podremos tener esos políticos que anhelamos. Tal vez sea hora de promover más nuestros valores y mirar menos la paja en el ojo ajeno. Esto no implica desvincularnos de la política, la cosa pública, porque esa nos pertenece a todos. Y sí seguir exigiendo, pero sin dejar de mirar en nosotros mismos lo que pedimos en nuestros gobernantes.
Esta tarea implica irnos puliendo. Aprender a discutir ideas y no personas. Dejar de tomar partido para defender valores. Entender que en una discusión el que gana es el que aprende. Quien se aferra ciegamente solamente está mostrando necedad. En esta era donde abunda la información es sabio quien no se cree cualquier mentira, quien sabe analizar las fuentes, el origen de la información y usar así el sentido común como para tener un discurso coherente, cortés y más justo.
En definitiva deberíamos buscar reflejar lo correcto que dicte nuestro corazón. Ahí debería radicar cierta benevolencia. Porque creo que casi todos deseamos un mundo más sano. Tengamos fe en que en lo más profundo de nuestra esencia, todos tenemos esa conexión. Podremos venir con sangres diferentes, podremos haber sido criados bajo diferentes normas culturales, pero todos tenemos en algún lugar ese conocimiento básico, ese saber que nos dice qué está bien y qué no. Incluso como mecanismo de supervivencia. Y la política, al menos en democracia, trata de que vivamos todos lo mejor posible.

Rafael Sabini
[email protected]

También te puede interesar