Poeta, pintora, fotógrafa y artista visual, Laura A. López desarrolla una obra donde conviven poesía, fotografía, dibujo y pintura. Nació en Buenos Aires en 1979 y desde hace años trabaja en San Luis Arte y Oficios, un antiguo inmueble de San Luis al 2500 convertido en talleres para artistas.
Laura A. López nació el 20 de julio de 1979 en Buenos Aires. Su vínculo con el arte comenzó durante la infancia, en el taller de herrería de su abuelo. “Uno de los lugares donde más me gustaba estar era en ese taller. Jugando con maderas, con clavos, con martillos”, recuerda.
La lectura fue otra puerta de entrada, pero el gran quiebre llegó durante la adolescencia. A los 14 años, una profesora de literatura les leyó poemas de Los trabajos y las noches, de Alejandra Pizarnik. López recuerda haber tenido “una experiencia hasta física”: “Sentí que me llevaba, que me salía del cuerpo y que entraba en algo que desconocía por completo”.
Aquella experiencia cambió su relación con la poesía. “La poesía me agarró y me llevó, y me dijo: bueno, acá empieza tu viaje y va por acá”, resume.
Hacia 1995 también comenzó a acercarse al teatro y a los espacios culturales porteños. Llegó al Abasto para ver “Rojos, globos, rojos”, de Tadeusz Kantor, en Babilonia del Abasto, hoy Uniclub, en la época en que el mercado estaba cerrado, previo al shopping. “Creo que no entendí nada, pero el clima que había y todo lo que pasaba” quedó como parte de aquellos primeros acercamientos.
Después se sumaron el dibujo y la fotografía. Comenzó con fotografía analógica, a partir de cámaras familiares, manuales, práctica y el acompañamiento de docentes. Su mirada se concentró especialmente en la ciudad y en la relación entre las personas y su entorno.
“Me gusta mucho y me sigue gustando lo que sucede cuando simplemente te movés por la ciudad y empezás a ver el tipo de relación que hay entre las personas con su entorno”, explica. Busca gestos, luces y momentos capaces de revelar belleza en lugares donde no siempre resulta evidente: “Me gusta ir a buscarlo o me gusta ver si lo encuentro y si me encuentra”.
Una trayectoria entre la poesía y las artes visuales
Su formación pasó por talleres y clínicas. Entre sus primeros espacios estuvo el Centro Cultural Ricardo Rojas de la UBA, también en Balvanera, donde estudió poesía medieval y contemporánea con Jorge Perednik. También realizó talleres y clínicas de poesía y fotografía con Gabriela Franco, Eduardo Mileo, Diana Bellessi, David Beniluz y Liliana Contrera, además de seminarios de la UNA. En su recorrido menciona también a Guadalupe Neves y Marta Gamond.
“Me siento una autodidacta, siempre descubriendo mi propio grafismo, mi propio alfabeto, como proponía Torres García”, señala.
Su bibliografía comenzó con Marea ocular del deseo (2001). Luego publicó Para saltar sobre el abismo del mundo y Parte de un mismo cuerpo (2008), Maremoto en la cuchara de madera y Novela (2010), Un boceto del paraíso (2016), Fin de semana largo (2020), una edición aumentada y digital de Para saltar sobre el abismo del mundo (2022) y Como el sol de febrero (2025).
Este último libro explora la historia familiar, la herencia, la memoria, el olvido y la fragilidad. También ilustró O inicio do assoprado, de Rodrigo Domingos, y El tiempo y las cosas, de Amira Juri. Participó en publicaciones colectivas como Ilusorias, Reinvención, Veni Vidi Vici, ¿Qué hubiera dicho Safo? y Apología II.
Durante ocho años colaboró con el Festival Internacional de Poesía de Buenos Aires y formó el ensamble Sonoridades Poéticas. También desarrolló sucesos artísticos en la galería Lista Ya. Parte de su obra fue exhibida en Alemania, en exposiciones curadas por Mariela Gómez Erro como parte del colectivo Artistas por el Mundo.
En fotografía publicó Bs As 19/23, su primer fotolibro, un ejemplar único acompañado por foto-fanzines desplegables, después de tres años de trabajo en talleres analógicos. En 2025 participó de Habitar la herida, antología solidaria de Poetas por Argentina.
Un diálogo entre disciplinas
Para López, poesía, fotografía, dibujo y pintura forman parte de un mismo proceso. “Para mí es siempre como una danza”, afirma. Hay períodos en que predomina la palabra y otros en los que la cámara, la tinta o la pintura toman protagonismo.
El dibujo tiene un componente intuitivo: “Voy viendo que va apareciendo, trabajando con la tinta y en base a eso, continúo”. Su producción visual incluye dibujos, pinturas, tintas de gran formato y obras en resina poliéster que combinan poesía, dibujo y fotografía.
Su concepción del arte está ligada a la observación. “Una de las maravillas del arte es ayudarnos a ver, a mirar un poco más allá y a ver lo que está ahí que quizás no veíamos”, sostiene.
El taller de San Luis
Durante años trabajó en su casa, pero el crecimiento de sus obras y el interés por experimentar con nuevos materiales hicieron que necesitara un espacio mayor.
“Yo no puedo trabajar más en mi casa, necesito un espacio para poder comprometerme más con el trabajo artístico”, recuerda.
La búsqueda la llevó por talleres de Balvanera, Once y Abasto hasta San Luis Arte y Oficios. Allí ocupa el taller 10, donde actualmente desarrolla su laboratorio fotográfico y su estudio de arte. “Lo más importante es tener pared para seguir generando obra”, dice.
Su vínculo con la zona viene de antes: trabajó en el Abasto entre 2009 y 2016 y luego volvió a instalarse en el área. Ahora también proyecta abrir su taller a encuentros e intercambios. Para López, estos espacios cumplen además una función social: “Creo que en estas épocas hace mucha falta, por la necesidad de vincularnos, escucharnos más, de aprender de nosotros mismos y, por supuesto, con otros y de otros”.
Nuevos materiales y proyectos
Actualmente está pintando e incorporando color después de una etapa dominada por el negro. También se prepara para experimentar con el óleo, una técnica que nunca trabajó profundamente.
“Estoy con ganas de trabajar óleo, cosa que no hice jamás en mi vida. Voy a ser una aprendiz total”, anticipa.
Continúa además explorando la resina poliéster, con trabajos vinculados a poemas y a antiguas escrituras de China, mientras piensa nuevas obras fotográficas y experimenta con telas y arpillera.
El error ocupa un lugar central en ese proceso: “No tengo problema con el error, el error es parte también de ir encontrando el camino”. Para la artista, una obra puede estar terminada sin estar completa y las ideas continúan madurando aun cuando se abandona el taller.
“Hay una parte que no controlás, que igual está haciendo ahí su trabajo. Las ideas se siguen madurando”, sostiene.
Esa confianza atraviesa su manera de crear. “Los artistas no somos los verdaderos creadores. Somos quienes hacemos esto que está en nuestras manos hacer”. Y agrega: “En la medida en que estamos abiertas y abiertos a que la cosa suceda, nos hable, que nos invite a darle forma”.
Desde Balvanera, entre poemas, cámaras, tintas, pinturas, telas y resinas, Laura A. López continúa una obra en permanente transformación. Una búsqueda que comenzó en el taller de herrería de su abuelo, encontró en la poesía de Pizarnik un primer gran llamado y hoy se despliega entre distintas formas de mirar, crear y habitar la ciudad.
Además de su producción artística, López se desempeña en comunicación como Cultural & Brand Strategist en Leo / Saatchi, del Grupo Publicis.
J.M.C.