“Era una bohemia experimental, híbrida, desesperada”, reflexiona la investigadora Margarita Martínez sobre el Abasto, territorio protagonista en su nuevo libro “Cultura menemista. Buenos Aires en los noventa”.

“Para mi generación fue un espacio importante en la ciudad, pero al revés de lo vulgarmente entendido: lo atravesábamos sin “permanecer” demasiado en él”, cuenta Martínez y agrega: “Esa arquitectura vacía y negra, que evocaba las ruinas de un mundo desaparecido, ejercía un poderoso magnetismo sobre la imaginación”.
Para ella, una de las expresiones que mejor capturó la atmósfera de aquel paisaje fue la canción “Mañana en el Abasto” de Sumo (1987, en After chabón), escrita por su cantante Luca Prodan, también vecino de Gallo y Humahuaca: “Nadie logró el tono anímico previo al shopping como Luca”.
Publicado por el Fondo de Cultura Económica (FCE), el libro analiza las transformaciones artísticas y urbanas de los años noventa a partir de los suplementos culturales de Clarín y Página/12. En ese recorrido, el Abasto aparece como un territorio singular, donde convivían la decadencia del antiguo mercado cerrado en 1984, los circuitos alternativos y una bohemia alejada de los espacios culturales más institucionalizados.
Martínez es licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Buenos Aires (UBA), magíster en Literaturas Española y Latinoamericana por la Universidad París 10-Nanterre y doctora en Ciencias Sociales por la UBA. Es docente e investigadora en universidades nacionales y trabaja como traductora de filosofía y ensayo para editoriales como Caja Negra, Cuenco de Plata y Amorrortu. Escribió Sloterdijk y lo político (Prometeo, 2010) y Trece Llanos (Ubú, 2019). Integra el grupo editor de la revista Artefacto. Investiga sobre ciudades, nuevas tecnologías y subjetividades contemporáneas.
El libro tiene una docena de capítulos, divididos en dos partes. Uno de ellos se llama “El Abasto, el Bronx”. “El Abasto entendido como una suerte de Bronx es una idea que leí en una de las notas periodísticas que cito en el libro, una nota excelente por otra parte. Pero es cierto que la bohemia que circulaba ahí poco y nada tenía que ver con una bohemia hiperintelectualizada; era una bohemia experimental, híbrida, desesperada”, reflexiona la autora.
El otro se titula “La aparición de otra bohemia, belleza, arte y felicidad: la calle Corrientes hacia el Abasto”. “Como tantos otros, caminé el Abasto de día y de noche”, reconstruye de sus vivencias y agrega sobre lo investigado: “Me sorprendió el mosaico de época que se armaba a la distancia”.

Una bohemia experimental

Al evocar aquellos años, la investigadora recuerda lugares antes que nombres propios. Entre ellos, Babilonia (espacio que hoy ocupa el Uniclub de Guardia Vieja casi Gallo a metros del mercado), donde asistió a una fiesta ambientada como un velorio, con un féretro como parte de la decoración. También menciona un pequeño local de recitales punk sobre Agüero, cerca de Corrientes, frente al antiguo mercado. Cree que se llamaba El Dragón.
“Hay un agujero negro absoluto en términos de imágenes”, advierte Martínez sobre el registro visual de aquella zona. Y subraya: “La belleza triste de esa zona era notable”. La falta de fotografías le resulta llamativa porque se trata de un período inmediatamente anterior a la expansión masiva de imágenes que llegó después del 2000. Algo similar encontró al investigar el antiguo Puerto Madero, antes de su transformación: “Nadie consideró que hubiera que dar testimonio de ellas”.
La tapa del libro tiene en primer plano al edificio del Abasto, los arcos de la avenida Corrientes, junto a otros elementos como un afiche de Los Redondos y un casette, también un cerdo, guiño a Ave Porco, boliche también en la zona. La decisión surgió de un intercambio con la editorial: “¿Qué elementos eran representativos y reconocibles para quien hubiera vivido los noventa y caminara la ciudad (y la noche) de Buenos Aires? El Abasto era ineludible, y como estructura fantasmagórica ocupaba un lugar que ninguna otra ocupó”.

Un mundo que no vuelve

La investigación de Martínez se originó en un trabajo más amplio que realizó alrededor de 2012 y 2013. El material sobre la cultura de los noventa tenía para ella un componente lúdico que no quería dejar perdido. “Me había divertido mucho escribirlo y pensarlo, y me parecía una pena que quedara guardado”, explica.
Al volver a las fuentes, encontró una confirmación de sus propias prevenciones sobre aquel universo cultural, pero también un panorama más amplio del que recordaba. “Lo que me sorprendió fue el mosaico de época que se armaba a la distancia”, señala.
Desde esa perspectiva, la autora también cuestiona la idea de que el presente sea una repetición de los años noventa. “Todo ese mundo cumplió su ciclo, y está bien a su manera, es el paso de la historia”, afirma. Y agrega: “Aquello no fue una panacea pero, a diferencia del momento actual, estaba vivo (y no quería morir)”. “Nuestro momento es mucho más crepuscular, a veces lamentablemente gracias a la lógica de la «seguridad» en la que vivimos inmersos. Vivir no es seguro, y precisamente esa es la gracia”, agrega.
Al observar la cultura porteña contemporánea, advierte sobre los mecanismos que neutralizan las expresiones disruptivas: “Cuando hoy aparece algo verdaderamente disruptivo, inmediatamente aparecen mecanismos de censura «blanda» que le bajan la intensidad. No lo eliminan: lo arruinan”.
Para sus próximas investigaciones, Martínez se propone volver sobre aquella atmósfera sin convertirla en un ejercicio de nostalgia. Su interés, aclara, está puesto en recuperar aquello que hizo de esos espacios escenarios de experimentación cultural. “Me interesa la real contracultura”, concluye.

J.M.C.

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