La cultura no es una trinchera. Tampoco es el enemigo de la gente. Es, ni más ni menos, la expresión de una sociedad que piensa, crea, discute y también se equivoca.
Hay palabras que, de tanto repetirlas, terminan instalándose en el lenguaje político como si fueran verdades absolutas. Una de ellas es “batalla cultural”.
Pero cada vez que escucho esa expresión aparece una pregunta bastante sencilla: ¿contra quién estamos peleando?
¿Contra el maestro que está frente a un aula? ¿Contra el músico que toca en un bar? ¿Contra el actor que se sube a un escenario? ¿Contra el periodista que escribe? ¿Contra el bibliotecario, el artista, el escritor o el vecino que organiza una actividad en su club de barrio?
¿Ese es el enemigo? Difícilmente. La cultura no vive en una oficina ni pertenece a un sector determinado. La cultura está en nuestras calles, en nuestras escuelas, en nuestros teatros, en nuestros clubes, en nuestras bibliotecas y, por supuesto, en esos cafés porteños donde durante décadas los argentinos discutieron de política, fútbol, economía y de la vida.
La cultura somos nosotros.
Por supuesto que la cultura puede y debe discutirse. Una sociedad democrática tiene todo el derecho a cuestionar ideas, revisar políticas, discutir el destino de los recursos públicos y confrontar distintas miradas.
Pero discutir no significa destruir. Y disentir no debería convertir al otro en enemigo.
Buenos Aires, que tantas veces fue escenario de grandes debates políticos, intelectuales y culturales, sabe que la diversidad no es una amenaza. Es parte de su identidad.
El problema aparece cuando todo se transforma en una guerra. Una guerra cultural. Una guerra política. Una guerra contra el que piensa distinto.
Y así terminamos viviendo en un país donde muchas veces importa más derrotar al otro que resolver los problemas que tenemos delante.
Mientras tanto, hay comercios que bajan sus persianas, clubes de barrio que hacen malabares para sostenerse, familias que llegan con dificultad a fin de mes y trabajadores que necesitan respuestas concretas.
Frente a esa realidad, quizás sea hora de bajar un poco el volumen de las batallas y subir el de las soluciones.
No necesitamos menos cultura. Necesitamos menos intolerancia. No necesitamos pensar todos igual. Necesitamos recuperar la capacidad de escucharnos.
Porque una sociedad no se fortalece cuando todos repiten la misma idea. Se fortalece cuando personas diferentes pueden sentarse en una misma mesa, discutir, incluso enojarse, y después seguir siendo vecinos.
Quizás haya llegado el momento de preguntarnos si realmente necesitamos una “batalla cultural”.
O si, en realidad, necesitamos algo mucho más sencillo y mucho más difícil: volver a encontrarnos.
Porque la cultura no es el enemigo. El enemigo es creer que necesitamos enemigos para construir un país.

Eduardo Scofu

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