Hay noches que no terminan nunca.
El 30 de diciembre de 2004 fue una de ellas.
No fue un accidente. Fue abandono.
No fue mala suerte. Fue corrupción, desidia, puertas cerradas con candado, un Estado ausente y una codicia que valió más que la vida.
Hoy nombramos a los 194.
A los pibes y pibas que fueron a ver una banda y no volvieron.
A los que murieron asfixiados, aplastados, buscando una salida que no existía.
A los que se quedaron esa noche para siempre con apenas 15, 18, 20 años.
Pero también nombramos a los que sobrevivieron y tuvieron que aprender a vivir de nuevo.
A los heridos, a los marcados por el humo en los pulmones y en el alma.
A las madres, a los padres, a los hermanos que desde ese día tienen una silla vacía.
A los amigos que nunca más fueron los mismos.
A los sobrevivientes que el sistema después también abandonó, y que nos siguen doliendo.
Cromañón no fue solo el boliche. Fue todo lo que lo hizo posible.
Los inspectores que no inspeccionaron.
Los funcionarios que miraron para otro lado.
Los empresarios que cerraron las puertas de emergencia para que no se cuele nadie sin pagar.
Esa cadena de irresponsabilidades que en Argentina siempre termina pagando el mismo: el pibe de barrio.
Por eso, 20 años después, decimos: PROHIBIDO OLVIDAR.
Prohibido olvidar sus nombres.
Prohibido olvidar sus caras.
Prohibido olvidar que el rock no mata, mata la corrupción.
Prohibido olvidar que 194 vidas valen más que cualquier negocio.
Que su memoria nos obligue a exigir.
A no naturalizar que un lugar esté sobrevendido.
A no quedarnos callados cuando una puerta está trabada.
A cuidar al de al lado.
Por los que no están.
Por los que quedaron.
Por los que luchan todos los días contra el trauma y la injusticia.
Por los que ya no pueden gritar.
194 presentes.
Ahora y siempre.
Justicia es que no se repita nunca más.
Eduardo Scofu
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