Manuel Oscar Rodríguez, nacido el 9 de marzo de 1934 e hijo de lechero, jugó los primeros torneos Evita, frecuentó la Parroquia Tránsito de la Virgen, estudió para sacerdote y vistió la sotana en el mismo periodo que Jorge Mario Bergoglio. De vuelta en la vida civil, tuvo diversos trabajos, entre ellos programador de IBM en la histórica Cinzano de Perón y Boulogne Sur Mer. Una vida con una constante: ser “Totista” y tratar de ser buena persona.
Una infancia en el corralón lechero y el comercio familiar
“Nací en Almagro, en la calle Sarmiento entre Medrano y Salguero. En un corralón de lecheros. Mi papá era el encargado del corralón”, define Toti con orgullo.
Allí, en Sarmiento 3944, residía con sus padres y su hermana menor, junto a otras familias. Ese lugar funcionaba como guarda de carros y caballos de los lecheros, en una zona con varios corralones vecinos.
Su padre tenía un reparto en la zona norte porteña (Santa Fe, Austria, Laprida y alrededores). En 1943 compró el fondo de comercio de una lechería instalada en la calle Bustamante, entre Sarmiento y Cangallo (hoy Perón), con vivienda incluida. Arrendaba la lechería y desde allí salía a realizar la venta de leche suelta. A los clientes más importantes, cuando les entregaba la cuenta, les regalaba un paquete de manteca hecha por él mismo. En ese momento era un producto a conservar en agua (que había que renovar), ante la inexistencia de refrigeración eléctrica.
Toti tuvo una muy buena niñez por sus padres: Don Manuel, muy bueno, y Dona Sofía, como sostén familiar. Los dos muy trabajadores, recuerda.
Sobre esta última, era admiradora de Carlos Gardel. Cantaba sus canciones incluso cuando lavaba la ropa en la pileta a mano. Lo hizo así hasta sus 96 años, cuando falleció. Toti en brazos de su madre, apenas un bebé, presenció el paso del cortejo fúnebre del Morocho del Abasto en la esquina de Corrientes y Salguero. El cortejo fue desde el Luna Park hasta Chacarita, todo por Corrientes en febrero de 1936.
Los mediodías ferroviarios
El entorno de la Plaza Miserere era clave para su papá y los demás lecheros, porque llegaban los trenes con la leche. “Se ordeñaba en el campo entre la noche y el amanecer. El tren llegaba al mediodía a la estación Once, por Mitre, entre Anchorena y Jean Jaurés. .
Es la hípica cerrada frente a Cromañón y las terminales de colectivos. Antes de que entrara la formación ferroviaria, los lecheros se congregaban en los almacenes y bares de la esquina a tomar vermut y café.
En cuanto se corría la voz de que el tren asomaba, apuraban el trago. Previamente, dejaban los carros -que tenían grabado el nombre de cada lechero-. Con una carretilla de metal cambiaban los tarros vacíos por los llenos. Así iniciaba el reparto callejero.

Tiempos de cambio
Cuando Toti tenía unos 14 años, un tranvía chocó el carro de su padre. El accidente fue gravísimo y lo dejó internado durante varios meses en el Hospital de Clínicas antiguo, donde hoy se ubica la Plaza Houssay. La lechería continuó a cargo de la madre, mientras Toti hacía el reparto vecinal a pie. Llevaba tarros de cinco litros, en los pies una pelota con la que jugaba mientras realizaba la tarea.
Luego, cuando se prohibió la venta de leche suelta y comenzó a exigirse embotellada, el negocio familiar cerró. Su madre abrió una mercería que basaba buena parte de su clientela en el arreglo de ropa, en especial de camisas.

Toti: la pelota y la barra de la calle Bustamante, entre Cangallo y Sarmiento
Toti había armado una barra de chicos que vivían en las cuadras alrededor de Bustamante, entre Sarmiento y Díaz Vélez. Se la pasaban jugando al fútbol en la calle –pese a la prohibición de la época– e incluso se hacían momentos para jugar ajedrez en la lechería. Hoy conserva fotos en blanco y negro con aquellos amigos en el frente de la lechería y sus alrededores; al dorso de las imágenes todavía se leen algunos nombres de aquella vieja guardia: Pichi, Lito, Lolo, Lyle.
“No era amante del colegio”, recuerda y suma: “Empecé a jugar a la pelota por primera vez en el empedrado de Bustamante”.
Toti jugó de 4 los Campeonatos Evita de 1948 y 1949. El equipo estaba armado con chicos de la barra de Bustamante, entre Cangallo y Díaz Vélez y también con los de la barra de Cangallo y Sarmiento.
Ese amor incondicional por la redonda lo acompañó siempre: jugó partidos formales a los 80 años y peloteó con la familia hasta los 90, ayer nomás. “La pelota marcó mis relaciones desde mi niñez hasta mi vejez”, recuerda. Integró equipos en sus lugares de estudio y trabajo.
También con largo aliento, los integrantes de la barra de Bustamante y Perón mantuvieron el contacto a lo largo de la vida. Durante más de seis décadas han celebrado cenas anuales en torno a cada 30 de abril.
La parroquia del barrio
La Parroquia Tránsito de la Virgen está ubicada en Perón, entre Gallo y Agüero. Consagrada en 1939, fue construida por el Cardenal Santiago Copello, entonces arzobispo de Buenos Aires.
“Es un lugar muy importante para mí”, dice Toti. Allí tomó la primera comunión y fue “Lobito” de los Scouts. No fue durante muchos años. A fines de los años curenta jugaba en los depósitos de la empresa La Vascongada que estaban en el predio ferroviario de enfrente, el actual Parque de la Estación. Después de jugar no se quedaba a otras actividades de la parroquia. Hasta que pasó lo que él recuerda como “El sopapo de Dios”. Ahí la parroquia del Abasto pasó a ocupar un lugar central.
Aquel golpazo lo sufrió una noche veraniega de 1950, en el corso de Boedo: en un confuso episodio de sus amigos, un policía le metió un tremendo golpe sin saber por qué. Cuando se dio vuelta, sus amigos habían desaparecido. Los buscó y no los encontró. Regresó a la zona del Abasto caminando solo en plena noche, lleno de bronca por lo injusto de la situación y sintiéndose traicionado. Sabiendo que esa noche había un torneo de fútbol en la parroquia, se acercó al patio y lo invitaron a participar, cosa que hizo.
Desde entonces, se desligó del barrio y la parroquia fue lo suyo: empezó a participar en Acción Católica, trabajaba en actividades par alos chicos. Así nació su inclinación sacerdotal.

La transición
Ya con 16 años, trabajó unos meses como lechero hasta la apertura de la mercería de su madre. Después, entre 1950 y 1954, entró a trabajar como cadete y ordenanza en el Ministerio de Hacienda (Economía) de la Nación gracias a su vínculo con Antonio Trípodi, que era de Acción Católica y funcionario del ministerio. “Siempre le voy a estar agradecido”, afirma. Cuando se inclinó por el sacerdocio, la única opción para estudiar era ser reemplazado por su padre, en ese momento de 62 años. Mediante la gestión de Trípodi, de Antonio Cafiero y otros funcionarios lograron el reemplazo.
A los 20 años, ingresó al Seminario Metropolitano de Buenos Aires, en Villa Devoto. Como no tenía el secundario, realizó un curso nivelador. Su plan B era cursar el bachillerato nocturno en el Colegio Bartolomé Mitre del Abasto; preparó el ingreso con ayuda de Teresa, la joven vecina de la parroquia que años más tarde se convertiría en su esposa.En el complejo de la calle José Cubas, estudió letras, latín, griego y filosofía. Hizo un curso nivelador, el seminario menor (dos años) y el mayor (tres años). Estuvo cinco años y fue contemporáneo de Jorge Mario Bergoglio, el papa Francisco, quien realizaba un curso especial previo a su paso a la orden de los jesuitas.También tuvo de compañeros al padre Rodolfo Ricciardelli y a Carlos Mugica, con quien llegó a jugar al fútbol con parte del plantel profesional del Racing Club de aquel entonces. Asimismo, destaca al padre Osvaldo Musto y a monseñor Horacio Benites Astoul.“Estuve junto a gente buena y muy inteligente”, recuerda Toti, a quien en aquellos años del seminario le decían Manolo.

Nuevos rumbos
A los 25 años, Toti dejó el seminario. Afirma que esa formación fue fundamental en su vida. Hoy se ve como un “hombre de fe y de oración diaria”.
Más tarde, tuvo diversos trabajos: inició en una metalúrgica, pasó a una constructora y el Banco de Avellaneda. A comienzos de los años sesenta ingresó en la empresa de aperitivos Cinzano – Argentina, que tenía su sede industrial en Perón y Boulogne Sur Mer, frente a la estación Once (el edificio que hoy ocupa la Agencia Gubernamental de Control). Trabajó 12 años en labores diversas y se capacitó como programador de IBM para sistematizar la facturación, una tarea de vanguardia para la época.
Entrados los setenta renunció y comenzó su actividad en una fábrica de chacinados, donde ejerció las tareas administrativas y contables desde sus inicios y por casi cuatro décadas. Lejos de detenerse, ya jubilado se mantuvo activo hasta el inicio de la pandemia en una fábrica de medallas y platería con gestiones externas.
Amores con arraigo barrial y un cierre familiar
Su vida afectiva también estuvo anclada a los barrios de sus amores. Al tiempo de dejar el seminario se puso de novio con Teresa, a quien conocía de la parroquia. Ella era docente y enseñaba en colegios de la zona. Se casaron y vivieron en la casa familiar de ella, en Valentín Gómez y Gallo. “Fue un buen matrimonio, nacieron cinco hijos con amor. Ella fue una buena esposa y una excelente madre”, recuerda.
Fue una vida feliz, pero la pareja atravesó una crisis y finalmente se separaron. Al tiempo, logró armar un nuevo hogar junto a Anita. Ella era pedicura, apasionada por la fotografía y la milonga. “Una compañeraza”, sentencia. Anita era viuda y tenía tres hijos; la vida y el corazón le dieron a Toti la oportunidad de criar a esos tres chicos como propios, construyendo un hogar donde el afecto real se impuso sobre los lazos de sangre.
Se mudaron a un departamento tipo PH en la zona de la avenida Córdoba y Palestina, donde él vive en el presente. Ella falleció en 2019 y no hay día en que a Toti no se le ilumine la cara al recordar su carácter y la virtud de haber creado una buena vida juntos.
Hoy, Toti tiene ocho hijos, 18 nietos y cuatro bisnietos. Recibe el cariño diario de su numerosa familia y a la vez mantiene un firme vínculo con amigos del barrio, la parroquia, el trabajo y el seminario.
Mira el camino recorrido desde la perspectiva que dan sus más de nueve décadas de experiencia, con memoria. “Soy un privilegiado. No soy fanático de nada, soy ‘Totista’, pero sé que lo importante es tratar de ser buena persona”. Aquella Buenos Aires de carros lecheros y picados callejeros es un regalo que Toti nos trae al presente, compartiendo retazos de una vida plena.
J.M.C.