Las sociedades de nuestro tiempo son altamente productoras de sonidos y ruidos que tienen tal variedad, intensidad y perdurabilidad, que constituyen una forma de contaminación física por sus efectos: la contaminación. Nuestra querida ciudad de Buenos Aires no es la excepción a esta problemática ya que es una ciudad cosmopolita que alberga más de 3 millones de habitantes.

El ruido es sonido y como tal, desde el punto de vista biofísico se define como el efecto producido en el órgano de la audición por las vibraciones del aire o de otro medio. También desde ese punto de vista los sonidos son armónicos y los ruidos carecen de armonía. El sistema auditivo en el ser humano está adaptado a recibir y percibir sonidos y ruidos dentro de determinado rango de intensidades; si éste es superado y la exposición es sostenida comienzan a producirse efectos nocivos de orden fisiológico y psicofisiológico sobre la salud. A estas patologías están expuestas todas las personas sometidas sostenidamente a estas intensidades acústicas, ya sea por trabajar con equipos ruidosos o por vivir en centros urbanos contaminados acústicamente.

La unidad con que se mide la intensidad de sonido es el Bel, o su forma decimal el decibel (dB). Al silencio absoluto le corresponde 0 dB; una conversación normal genera 60 dB, una intensidad razonable para escuchar música tiene 80 dB, un barrio tranquilo tiene 40-50 dB y la calle de una ciudad media alcanza los 80 a 100 dB. En una discoteca el nivel de ruido excede ampliamente los 120-130 dB y de igual forma ocurre, frecuentemente, con los equipos musicales portátiles con audífonos. A partir de los 100 dB, si el ruido o sonido es sostenido, comienzan a producirse efectos nocivos sobre nuestra salud: fatiga auditiva, sorderas profesionales, y traumatismos acústicos que conducen a una disminución de la percepción auditiva y en muchos casos a su pérdida total. También produce efectos psicofisiológicos que se manifiestan a nivel de alteraciones del sueño, falta de concentración, aumento del estrés, síndromes de depresión y en general disminución de la calidad de vida. Asimismo, la contaminación acústica afecta a las poblaciones animales, como se ha visto con la instalación de industrias y aeroparques generadores de ruido extremo en zonas no urbanas.

Alternativas: Promover normas que regulen la producción de ruido, sobre todo en las grandes ciudades y vinculadas al transporte e industria. Minimizar la producción de sonidos y ruidos intensos, recurriendo a elementos para aislación acústica. Existe una variada gama de ellos, tanto para la construcción de viviendas como para la industria en lo que se refiere a tecnología y salubridad laboral.

 

Graciela Godoy de Sadorin
Licenciada en Química (UBA)
CONICET
Master Comunicación Científica, Médica y Ambiental UP-FARMA, Barcelona

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