Me gusta imaginarme que, como decía Rousseau, la gente es buena por naturaleza y que todos tenemos en el fondo un buen corazón con intención de ayudarnos mutuamente y desarrollarnos como seres espirituales.
Sin embargo, claro que salta a la vista también mucho conflicto por donde uno mire. Incluso muchas veces nosotros mismos llegamos a hacer daño en algo, o hacia alguien, sin pretenderlo. Hobbes sostenía que el hombre era “el lobo del hombre”, egoísta y violento por naturaleza y que las leyes nos cuidarían. Más atrás en el tiempo Sócrates afirmaba que la gente no hace mal adrede, que es por falta de conocimiento.
Pero está claro que hay situaciones nefastas y hoy por momentos éstas intentan desbordarnos. Algunos por locos, otros por ignorantes, pero también están los que tienen planes y se manejan con finalidad espuria y hasta sin escrúpulos.
Actualmente hay cierto consenso de que los seres humanos poseemos los dos lobos, como decía aquel cacique a su nieto, y que gana el que uno alimente. Porque por un lado tenemos impulsos de egoísmo y supervivencia mientras por otro lado sabemos que la cooperación y la empatía son pilares de las civilizaciones.
La neurociencia sostiene que modelamos la moral partiendo de rasgos genéticos pero muy influenciados por el entorno (familia, cultura y los roles que asumimos en distintos ámbitos). En otras palabras, venimos con algo y luego el entorno ayuda a moldearlo.
Entonces volvamos al inicio. Lo que elegimos fortalecer en nosotros mismos son las cualidades divinas de amorocidad y misericordia. Sumadas a todas las cualidades que podrían tener en común los santos, budas y justos.
Acá propongo apoyarnos en las cinco virtudes fundamentales (Wu Chang) de Confucio: Ren (benevolencia, humanidad y amor al prójimo), Yi (rectitud y justicia, actuar haciendo lo correcto sin buscar beneficios propios), Li (cortesía, normas de buena conducta y respeto), Shi (sabiduría, reflexión y conocimiento para poder distinguir el bien del mal) y Xin (confiabilidad y sinceridad, fundamental para construir relaciones sólidas).
La realidad es que la vida pasa rápido y este paseo se hace mucho más fácil con la brújula bien orientada. No todos tenemos porque sentir que la humanidad terrenal está entrelazada en un desarrollo común, pero basta con entender que rige la ley de causa y efecto, así que incluso desde un punto de vista egoísta es bueno recordar que nos conviene ser buena gente.
Así que al mal tiempo buena cara… y a la mala onda, una sonrisa. Porque si algo no tiene que faltar es la alegría de vivir.

Rafael Sabini

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