Abasto Almagro Historia Revista El Abasto 313, julio 2026

Postales de aquel Abasto y las memorias de una vida plena

Toti de Bustamante a sus 92 años

Manuel Oscar Rodríguez, nacido el 9 de marzo de 1934 e hijo de lechero, jugó los primeros torneos Evita, frecuentó la Parroquia Tránsito de la Virgen, estudió para sacerdote y vistió la sotana en el mismo periodo que Jorge Mario Bergoglio. De vuelta en la vida civil, tuvo diversos oficios, entre ellos programador de IBM en la histórica Cinzano de Perón y Boulogne Sur Mer. Una vida plena con una constante: ser “Totista” y tratar de ser buena persona.

Una infancia en el corralón lechero y el comercio familiar

“Nací en Almagro, en la calle Sarmiento entre Medrano y Salguero. En un corralón de lecheros. Mi papá era el encargado del corralón”, define Toti con orgullo.
Allí, en Sarmiento 3944, residía con sus padres y su hermana menor, junto a otras familias. Ese lugar estratégico funcionaba como guarda de carros y caballos de los lecheros.
Su padre tenía un reparto en viviendas de la zona norte porteña y, al tiempo, compró el fondo de comercio de una lechería instalada en la calle Bustamante, entre Sarmiento y Cangallo (hoy Perón), con vivienda incluida. Arrendaba el lugar y desde allí iba casa por casa. A los clientes más importantes, cuando les entregaba la cuenta, les daba un paquete de manteca hecha por él mismo. En ese momento era un producto a conservar en agua (que había que renovar), ante la inexistencia de refrigeración eléctrica.
Toti recuerda que fue una etapa en la que no le faltó nada gracias a su padre, a quien describe como un hombre bueno, y a su madre, una mujer muy inteligente. “Los dos muy trabajadores”, rescata.
Sobre esta última, cantaba tangos de Carlos Gardel a toda hora. “Era fanática. Cuando murió el Zorzal, ella me llevó en brazos, yo de un año y pico, hasta avenida Corrientes para ver pasar el cortejo que iba hasta Chacarita, era febrero de 1936”. Una ejemplar despedida entre vecinos del Abasto.

Los mediodías ferroviarios

El entorno de la Plaza Miserere era clave para su papá y los demás trabajadores de la zona, porque llegaban los trenes con la leche. “Se ordeñaba en el campo entre la noche y el amanecer. El tren llegaba al mediodía a la estación Once, por Anchorena y Bartolomé Mitre”, evoca Toti.
Es la zona actual entre el ex boliche Cromañón, la hípica cerrada y las terminales de colectivos. Antes de que entrara la formación ferroviaria, los lecheros se congregaban en los almacenes y bares de la esquina a tomar vermut y café.
En cuanto se corría la voz de que el tren asomaba, apuraban el trago. Previamente, dejaban los carros con los caballos en un área especial de la estación, próxima a las vías. Allí bajaban los tarros llenos y los cambiaban por los vacíos (y limpios) utilizando una carretilla. Así iniciaba el reparto callejero.

Muchachada en un dock del actual Parque de la Estación.

Tiempos de cambio

Cuando Toti tenía unos 14 años, un tranvía chocó el carro de su padre. El accidente fue gravísimo y lo dejó (a un hombre robusto de 115 kilos) internado durante varios meses en el Hospital de Clínicas antiguo, donde hoy se ubica la Plaza Houssay. La lechería continuó a cargo de la madre, mientras Toti hacía el reparto vecinal con un triciclo.
Luego, cuando se prohibió la venta de leche suelta y comenzó a exigirse embotellada, el negocio familiar cerró. Su madre abrió una exitosa mercería que basaba buena parte de su clientela en el arreglo de ropa, en especial de camisas.

La barra de Bustamante y Sarmiento.

La pelota y Toti, la barra de la calle Bustamante

Al crecer, Toti había armado una barra de chicos que vivían en las cuadras alrededor de Bustamante, entre Sarmiento y Díaz Vélez. Se la pasaban jugando al fútbol en la calle –pese a la prohibición de la época– e incluso se hacían momentos para el ajedrez. Hoy conserva fotos en blanco y negro con aquellos amigos en el frente de la lechería y sus alrededores; al dorso de las imágenes todavía se leen algunos nombres de aquella vieja guardia: Pichi, Lito, Loto, Lyle, Pichi. “Un lujo estos tipos”, indica.
“No era amante del colegio”, recuerda y suma: “Empecé a jugar a la pelota por primera vez en el empedrado. El barrio te marcaba qué eras capaz de hacer”.
En la cancha, Toti jugaba de 4 por la velocidad y la pegada. Con los chicos de la barra se organizaron y disputaron los Juegos Evita de 1948 y 1949. Recuerda con afecto los nombres de los delegados de entonces: Juan Mazaferri y Antonio Cena.
Ese amor incondicional por la redonda lo acompañó siempre: jugó partidos formales a los 80 años y peloteó con la familia hasta los 90, ayer nomás. “La pelota marcó mis relaciones”, recuerda al mencionar que integró equipos en los trabajos que tuvo, incluso en el seminario.
También con largo aliento, los integrantes de la barra de Bustamante y Perón mantuvieron el contacto a lo largo de la vida. Durante más de seis décadas han celebrado cenas anuales en torno a cada 30 de abril.

La parroquia del barrio

La Parroquia Tránsito de la Virgen está ubicada en Perón, entre Gallo y Agüero. Consagrada en 1939, fue construida por el Cardenal Santiago Copello, entonces arzobispo de Buenos Aires.
“Es un lugar muy importante para mí”, dice Toti. Allí tomó la primera comunión y fue “Lobito” de los Scouts. Tras “el sopapo de Dios” la iglesia del Abasto pasó a ocupar un lugar central en su vida.
Aquel golpazo lo sufrió una noche veraniega de 1950, en el corso de Boedo: en un confuso episodio de sus amigos, un policía le metió un tremendo golpe sin saber por qué. Cuando se dio vuelta, sus amigos habían desaparecido. Los buscó y no los encontró. Regresó a la zona del Abasto caminando solo en plena noche, lleno de bronca por lo injusto de la situación y sintiéndose traicionado. Sabiendo que esa noche había un torneo de fútbol en la parroquia, se acercó al patio y lo invitaron a participar, cosa que hizo.
Desde entonces, se desligó del barrio y la parroquia fue lo suyo: fue parte de Acción Católica y jugó campeonatos parroquiales, mientras los más chicos peloteaban en los playones ferroviarios y depósitos de enfrente, un potrero industrial que hoy es el Parque de la Estación. En esa vida interactuó con otras personas, entre ellas, a quien iba a ser su primera esposa años más tarde.
En esa misma parroquia del Abasto nació su inclinación sacerdotal.

Chicos de la Parroquia Virgen del Tránsito, hoy Perón 3333.

La transición

Ya con 16 años, trabajó unos meses como lechero hasta la apertura de la mercería de su madre. Después, entre 1950 y 1954, entró a trabajar como cadete y ordenanza en el Ministerio de Hacienda (Economía) de la Nación gracias a su vínculo con Antonio Trípodi, a quien conoció en la parroquia (era aparte maestro en el Mariano Acosta de Balvanera). “Siempre le voy a estar agradecido”, afirma.Cuando se inclinó por el sacerdocio, realizó gestiones para que su puesto de trabajo sea ocupado por su padre, quien gracias a eso accedió a una jubilación. La medida requería la firma del presidente Perón y se logró gracias a Trípodi y Antonio Cafiero, entonces funcionario nacional. A este último fue a ver en agradecimiento ya con su sotana, pero no pudieron coincidir.A los 20 años, ingresó formalmente al Seminario Metropolitano de Buenos Aires, en Villa Devoto. Como no tenía el secundario, realizó un curso nivelador. Su plan B era cursar el bachillerato nocturno en el Colegio Bartolomé Mitre del Abasto; preparó el ingreso con ayuda de Teresa, la joven vecina de la parroquia que años más tarde se convertiría en su esposa.En el complejo de la calle José Cubas, aprendió letras, latín, griego y filosofía. Hizo un curso nivelador, el seminario menor y el mayor. Estuvo cinco años y fue contemporáneo de Jorge Mario Bergoglio, el papa Francisco, quien realizaba un curso especial previo a su paso a la orden de los jesuitas.También tuvo de compañeros a Rodolfo Ricciardelli, a quien considera un amigo, y a Carlos Mugica, de quien guarda un hermoso recuerdo y con quien llegó a jugar al fútbol con parte del plantel profesional del Racing Club de aquel entonces. Asimismo, habla de Osvaldo Musto, quien luego fue párroco de Nuestra Señora de Balvanera (Mitre y Azcuénaga), como un hermano.“Estuve junto a gente muy inteligente y muy buena”, recuerda quien en aquellos años era conocido como Manolo (una deriva de tanto decirse “hermano” entre los seminaristas).

En la fila de abajo el cuarto es el Padre Mujica y el quinto Toti.

Nuevos rumbos

A los 25 años, Toti dejó el seminario luego de una reflexión interna. Rescata que esa experiencia fue fundamental en su vida. Hoy se ve como un “hombre de fe y de oración diaria”.
Más tarde, tuvo diversos trabajos: inició en una metalúrgica, pasó a una constructora (donde aprendió contabilidad) y el Banco de Avellaneda. A comienzos de los años sesenta ingresó en la empresa de aperitivos Cinzano – Argentina, que tenía su sede industrial en Perón y Boulogne Sur Mer, frente a la estación Once (el edificio que hoy ocupa la Agencia Gubernamental de Control). Trabajó 12 años en labores contables y se capacitó como programador de IBM para sistematizar la facturación, una tarea de vanguardia para la época.
Entrados los setenta renunció y comenzó su actividad en una fábrica de chacinados, donde ejerció las tareas contables desde sus inicios y por casi cuatro décadas, hasta mediados de los 2000. Lejos de detenerse, ya jubilado se mantuvo activo hasta el inicio de la pandemia en una histórica fábrica de medallas y platería del oeste porteño.

Amores con arraigo barrial y un cierre familiar

Su vida afectiva también estuvo anclada a los barrios de sus amores. Al tiempo de dejar el seminario se puso de novio con Teresa, a quien conocía de la parroquia. Ella era docente y enseñaba en colegios de la zona. Se casaron y vivieron en la casa familiar de ella, en Valentín Gómez y Gallo. “Fue un buen matrimonio, nacieron cinco hijos con amor. Ella fue una buena esposa y una excelente madre”, recuerda.
Fue una vida feliz, pero la pareja atravesó una crisis y finalmente se separaron. Al tiempo, “sin quererlo”, logró armar un nuevo hogar junto a Anita. Ella era pedicura, apasionada por la fotografía. “Una compañeraza”, sentencia. Anita era viuda y tenía tres hijos; la vida y el corazón le dieron a Toti la oportunidad de criar a esos tres chicos como propios, construyendo un hogar donde el afecto real se impuso sobre los lazos de sangre.
Se mudaron a un departamento en la zona de la avenida Córdoba y Palestina, donde él vive en el presente. Ella falleció en 2019 y no hay día en que a Toti no se le ilumine la cara al recordar su carácter y la virtud de haber “creado una buena vida” juntos.
Hoy, Toti tiene ocho hijos, 18 nietos y cuatro bisnietos. Recibe el cariño diario de su numerosa familia y a la vez mantiene un firme vínculo con amigos del seminario, del trabajo, la parroquia y el barrio.
Mira el camino recorrido desde la perspectiva que dan sus más de nueve décadas de experiencia, con experiencia y memoria. “Soy un privilegiado. No soy fanático de nada, soy ‘Totista’, pero sé que lo importante es tratar de ser buena persona”. Aquella Buenos Aires de carros lecheros y picados callejeros es un regalo que Toti nos trae al presente, compartiendo retazos de una vida plena.

J.M.C.

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