Son momentos donde debemos estar muy cuidadosos en varios sentidos. Es importante cuidar nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras acciones. Hay una tendencia en la masa crítica enojada con el pasado reciente. Hemos visto lo que consideramos injusticias y cuando se revierten las situaciones nos alegramos como si fuese bueno. Y tal vez sea una nueva injusticia que se comete. Ésto en todos los planos, incluso están los que se alegran porque bombarden uno u otro país, y eso como ser humano es inadmisible. Solo que hoy estamos muy convencidos de nuestra verdad y juzgamos por demás al prójimo.
Nuestro profundo convencimiento nace de nuestras semillas de soberbia, hoy casi siempre super-fomentadas desde las redes sociales. El asunto es que la Internet 3.0, esa que elije y potencia nuestros pensamientos, nos podría estar ocultando una parte de la verdad mientras nos reafirma nuestras ideas del tipo que fueren. Lo bueno que ante eso tenemos una solución y está en los principios.
Así como hay leyes universales, como causa y efecto que mencionamos el mes pasado, también hay principios que nos ayudan a mantenernos en eje para beneficio propio, de los cercanos y también de todo el mundo. Las culturas pueden llegar a cambiarlos apenas, sin embargo, son similares. Todos concuerdan en que hay cosas que no se hacen. No hay que matar, robar, mentir, ni violar y si hilvanamos más fin nos conviene evitar cometer excesos de todo tipo para mantener la salud física, mental y espiritual de nuestro ser.
Hay mandamientos, yama y niyamas del yoga, todas las religiones y caminos espirituales tienen a su vez principios morales. Los siete pecados capitales nos advierten de ciertas tentaciones. Hay principios claros, presentados por grandes seres que nos marcaron el camino. Y estos principios suelen mencionar lo mismo, de una u otra manera, si decidimos seguirlos, nos ordenan nuestros pensamientos, palabra y acción hacia lo elevado.
Hace dos mil años un gran ser nos enseñó también a trascender el “ojo por ojo” perdonando a nuestros enemigos y a amarlos, porque amar los propios se da por sentado que lo hacemos. Habló también de dar la otra mejilla. Claro que esto podría ser algo más fácil si hay un profundo arrepentimiento de quien cometió la transgresión. De otro modo se necesita ser un Cristo o un Buda para lograrlo, porque a nuestra pequeña mente humana aún le cuesta.
Pero en definitiva sabemos lo que no debemos hacer. Y sabemos lo que sí está bueno hacer: lo que nos gustaría que hagan por nosotros si fuese al revés. Tender una mano, dar una ayuda, ayudar a encaminar al necesitado, ser solidarios, ser amorosos y un largo etcétera. Tenemos códigos cotidianos de cortesía y lenguaje corporal que facilitan la interacción social: saludo con contacto visual, sonrisa, el uso de palabras mágicas (“buenos días”, “gracias”), etcétera.
Es necesario repasar principios y entender que no podemos tomar partido por el prepotente, el agresor, patear a quien esté en el piso (por más que sea un chorro abatido)… ni apoyar la violencia, ni reírnos de la desgracia ajena, que eso quede para los psicópatas y demonios perversos. Los humanos somos mucho más.
Rafael Sabini