Una serie de fotografías a color tomadas en 1980 por el fotógrafo Daniel Merle volvió a circular este verano en un grupo de Facebook dedicado a la memoria urbana porteña.
Están rotuladas como “Manicero, Mercado del Plata”, pero lo que documentan es el Mercado de Abasto Proveedor en sus últimos años de vida activa, cuando todavía era un organismo vivo, áspero y cargado de movimiento barrial, del que hoy en día tantas instituciones y artistas continúan rememorando, desde el Museo Vivo por las Calles del Abasto hasta el grupo de teatro comunitario Sin Telón con su obra “El Mercado Olvidado”.
Las imágenes en “Fotos Antiguas de Buenos Aires” muestran pasillos interiores con luz filtrándose desde los altos techos rotos, cajones de verdura apilados, restos del día en el suelo y rejas metálicas que delimitan los puestos. Afuera, la monumental arquitectura del Abasto aparece imponente pero ya gastada, rodeada de veredas semiabandonadas, postales que señalan la proximidad de un fin anunciado.
Ese fin ocurrió pocos años después: el 14 de octubre de 1984, el Mercado de Abasto Proveedor cerró sus puertas por última vez. Durante casi un siglo había sido el corazón logístico y simbólico de la zona, motor económico y punto de encuentro para productores, comerciantes y vecinos. Su clausura fue parte de una reconfiguración del sistema alimentario de Buenos Aires: se estableció un mercado central único fuera de la ciudad y se decidió trasladar allí la venta mayorista de productos de primera necesidad. El impacto fue profundo: con el cierre decayó la actividad comercial en el barrio, se resintió el trabajo y se transformó la identidad local.

Desde entonces, la geografía del Abasto se embarcó en una larga transformación. Primero atravesó una etapa de decadencia y paréntesis urbano, con grandes estructuras vacías que comenzaron a resignificarse lentamente tras la recuperación democrática. Más tarde, a fines de los años noventa, la antigua mole se reinventó como el Abasto Shopping, inaugurado en 1998, una intervención clave que impulsó la reactivación del barrio y marcó un nuevo ciclo urbano.

Entre las escenas captadas por Merle emerge un personaje que concentra toda la dimensión humana de ese momento de tránsito: el manicero del Abasto. En una de las fotos se lo ve de espaldas, cruzando la calle en la esquina de Jean Jaurès y Tucumán, con boina, guardapolvo claro y su equipo colgado al hombro: el clásico recipiente metálico para tostar maní y una caja donde llevaba la mercadería. No posa. Camina. Está en plena faena.

Otras imágenes lo muestran vendiendo maní a vecinos, trabajadores y niños de la zona. El detalle que hoy llama la atención es la forma de venta: cucuruchos armados con papel de diario, un gesto cotidiano en aquel entonces, pero impensado en el presente. El silbato de metal, herramienta para anunciar su paso por las esquinas, completa una postal de oficio ambulante que hoy parece de otra era.
La historia cobró un giro inesperado en los comentarios de la publicación. Lilián, una usuaria del grupo, reconoció al vendedor y aportó datos que permiten empezar a reconstruir su identidad. Contó que el manicero vivía en el mismo inquilinato que su abuela materna, en Tucumán 3171, una dirección que años más tarde sería adquirida por el Colegio Macabi, de la colectividad judía, ubicado al lado.
El recuerdo es íntimo y vívido: el hombre coqueteando con su abuela, las risas, los cruces cotidianos y, sobre todo, los cucuruchos de maní en papel de diario que Lilián recibía cada vez que iba a visitarla. “Qué flash volver a verlo después de tantos años”, escribió, transformando un simple comentario en una verdadera cápsula de memoria barrial.
Así, a partir de unas fotos rescatadas del archivo y de un testimonio espontáneo, el manicero del Abasto vuelve a existir. No como un nombre propio, sino como una figura que encarna un barrio en transición, una época de oficios ambulantes y una manera de habitar la ciudad que hoy solo puede recuperarse cuando la historia, de pronto, sale a flote.
J.M.C.
